Las respuestas que atesora el agua

Las respuestas que atesora el agua

Los elementos químicos alojados en el cuerpo permiten rastrear el lugar de origen o del último período de vida de una persona. La técnica se llama “isótopos estables” y a nivel nacional es desarrollada por el investigador Luciano Valenzuela, de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, en colaboración con el Equipo Argentino de Antropología Forense.


Beber un vaso de agua es una acción cotidiana cuyos efectos muchas veces pasan inadvertidos. La composición del oxígeno del agua varía con la geografía y esa diferencia se graba en nuestros dientes, huesos, uñas, pelos y músculos. A través de la técnica de “isótopos estables”, el análisis de los tejidos permite rastrear el lugar donde una persona creció o los sitios por los cuales se desplazó en el último período de vida.

De todos los elementos químicos de la tabla periódica existen variantes, según la cantidad de neutrones en el núcleo, llamadas isótopos. “Algunos son inestables, es decir, cambian con el tiempo. Otros son estables, una vez que se formaron no cambian”, explicó Luciano Valenzuela, investigador adjunto del CONICET y miembro del Laboratorio de Ecología Evolutiva Humana (LEEH) de la Unidad de Enseñanza Universitaria Quequén, que depende de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).

Graduado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Valenzuela conoció la técnica cuando realizaba su doctorado en Biología en la Universidad de Utah, en Estados Unidos, como miembro de Instituto de Conservación de Ballenas de Argentina.

En aquellos años se dedicó a “medir isótopos de carbono y nitrógeno, elementos que sólo incorporamos en la dieta, en la piel y las barbas de las ballenas francas”. El estudio de los restos le permitió inferir “de qué se alimentaban y en qué región del océano lo hacían”, pues las abundancias o razones isotópicas “cambian con la geografía”.

Finalizado el doctorado, su interés lo llevó a trabajar con aplicaciones en ciencias forenses en otro laboratorio de la Universidad. Desde allí colaboró con la Policía y distintas agencias de investigación de Utah y Nueva York en casos sin resolver que habían sido archivados.

A los fines de un peritaje, la técnica permite saber “dónde creció una persona durante su niñez cuando se estaban formando los dientes” o “hacer una reconstrucción temporal de los últimos viajes o movimientos de esa persona” de acuerdo con su pelo”, explicó Valenzuela al Suplemento Universidad.

En 2013, el investigador regresó al país y desde hace más de dos años colabora con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el desarrollo de la técnica para la geolocalización de hallazgos de restos humanos. En la actualidad, también integra el Programa Ciencia y Justicia del CONICET.

Para la antropóloga del EAAF Silvana Turner, “la intención del Equipo es sumar todas las herramientas que puedan ser útiles a los fines forenses, en el contexto de una investigación liderada por un operador de justicia que convoca”. En ese sentido, Turner valoró “la capacidad científica y técnica que hay en Argentina” y afirmó: “Siempre es importante requerir la expertise profesional de aquellos que son los idóneos en esa materia”.

Aunque la Justicia de Estados Unidos y de varios países de Europa ya utiliza el método, la posibilidad de aplicarlo en Argentina todavía es incipiente. Si bien la medición de carbono y nitrógeno se emplea en restos arqueológicos para saber de qué se alimentaban aquellos pueblos, los usos forenses recién dan sus primeros pasos.

En la actualidad, Valenzuela trabaja en el mapeo de la “distribución de isotopos estables de oxígeno e hidrógeno del agua disponible para consumo”, pues se necesita conocer su disposición geográfica para tener una base de datos de referencia con la que luego cotejar los casos.

La tarea podría llevar entre uno y dos años, “porque en ciertas regiones del país la composición isotópica del agua cambia del verano al invierno”, indicó el referente de la UNICEN. También sostuvo que, una vez finalizada, deberán hacerse relevamientos a menor escala cada tres o cuatro años para verificar, por ejemplo, que no se hayan producido “cambios naturales en la composición isotópica del agua” o que los municipios no hayan modificado su fuente.

En paralelo a la confección del mapa, desde el LEEH buscan “voluntarios que donen su pelo y muestras de agua de la misma ciudad para hacer una correlación”. Más adelante, comenzarán a colectar muestras de dientes con referencia. A la hora de “generar nodos para que reciban o salgan a tomar muestras en las provincias”, Valenzuela consideró que la articulación “con distintas instituciones e investigadores es fundamental”.

En cuanto a las precisiones del mapa, el investigador aseguró que será “muy específico para ciertas regiones y quizás no tanto para otras”, pues algunas están “muy bien caracterizadas por un valor isotópico, como la Patagonia austral”. “Santa Cruz y Tierra del Fuego tienen un valor isotópico muy distinto del resto, o sea que si algún caso nos diera ahí sería obvio, pero provincia de Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe y regiones de Córdoba todavía se parecen mucho, porque no hemos muestreado lo suficiente y realizado análisis a menor escala”. Asimismo, Valenzuela remarcó que tan importante como determinar el lugar de origen de una persona o los últimos sitios por donde pasó “es descartar el resto del país”.

Una vez que se tenga la posibilidad de “referenciar”, se podrá avanzar en el “testeo de casos, poniendo a prueba este método a fines forenses”, indicó Turner y señaló que “en la medida que se llegue a la rigurosidad necesaria” la técnica de los isótopos estables será una nueva herramienta para “ubicar en nuestra geografía un determinado hallazgo”.

Publicado en Página 12, Suplemento Universidad. 23-07-2020.