36 años de ciencia para la verdad y la justicia

El cuarto sábado de mayo el Equipo Argentino de Antropología Forense celebró un nuevo aniversario. “Lo que hacemos nosotros, que tiene que ver con encontrar e identificar cuerpos, traer algo de paz y mitigar un poco la angustia de tantas familias, es sólo una parte del gran trabajo que se hace por la memoria”, expresó Luis Fondebrider, miembro fundador y director de la institución.


Quince minutos antes de que inicie la conferencia “Reconstrucción de la verdad histórica”, invitados y organizadores comienzan a juntarse en la sala virtual de la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

La cita tiene lugar el cuarto sábado de mayo por Jitsi, donde aguardan unos 60 visitantes. La jornada dedicada a conmemorar el 36° aniversario del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) será presentada por la directora de la Casa, Paula Maroni, pero quedará formalmente inaugurada cuando Vera Jarach tome la palabra. “Yo tengo una enorme deuda de gratitud hacia los antropólogos”, comienza la madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Con la voz cargada de emoción, Jarach asegura que “cualquier verdad es mejor que no saber, que lo desconocido, que los desaparecidos de los cuales nada se sabe”. En 1976 su hija, Franca Jarach, fue asesinada en un vuelo de la muerte, luego de estar secuestrada en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). La fuerza de sus palabras traspasa la pantalla, cuando manifiesta que el trabajo del Equipo será recordado en la historia como una “gran deuda” hacia quienes “dicen la verdad”.

Jarach se despide con “un gran beso y abrazo virtual”. Entonces, Maroni le pasa la posta al miembro fundador y director ejecutivo del EAAF, Luis Fondebrider. “Cuando los hombres y las mujeres de la historia van abriendo caminos, a veces no son conscientes de eso. Uno simplemente va”, expresa la directora de la Casa Nuestros Hijos. La reflexión es el puntapié para retrotraerse a 1984, cuando el destacado antropólogo forense Clyde Snow recurrió a arqueólogos, antropólogos y médicos para comenzar la búsqueda de personas desaparecidas con una metodología científica.

ARMAR EL ROMPECABEZAS

“Intensos”. Así define Fondebrider a los primeros años de trabajo. En ese tiempo, los pedidos les llegaban a través de “algún juez amigo o que entendía que las cosas se debían que hacer de otra manera, no con palas mecánicas”. Pionero en implementar disciplinas no tradicionales en el ámbito forense, el Equipo también advirtió la necesidad de comprender ciertas lógicas para avanzar en su tarea. “Si no entendíamos cómo una persona desaparecía y en qué contexto, iba a ser muy difícil saber de quién era el cuerpo que encontrábamos en un cementerio”, subraya el antropólogo.

En principio, investigaron los mecanismos del Estado terrorista, la organización las Fuerzas Armadas y de Seguridad, y la división del país en zonas, subzonas y áreas. Luego,  ahondaron en las organizaciones político-militares.

Mucha información la encontraron en “fuentes escritas”, como los libros de ingreso de cadáveres a un cementerio o el listado de la morgue de un hospital. También en otras “más confidenciales”, como los archivos de las distintas fuerzas o los expedientes militares de las intervenciones en Buenos Aires y Capital Federal. Sin embargo, la más importante era “la gente que había sido y seguía siendo militante político”. Sus relatos les acercaban a los expertos “pedacitos muy pequeños de ese rompecabezas que conocían por militar en un área específica”.

De ese modo, se armaba el circuito: cuándo una persona era secuestrada, a dónde era llevada, cuánto tiempo permanecía en ese lugar o era movilizada a otro, cómo algunas veces las personas eran liberadas y muchas otras asesinadas. Entender las lógicas de funcionamiento no fue una tarea sencilla, pero les permitió armar parte del rompecabezas.

“Eran historias que estaban parciales en documentos y en archivos”, y “poco a poco se fueron consolidando en diferentes áreas”. Con el tiempo, “la gente fue recordando o contando cosas que no podía contar en su momento por cuestiones psicológicas o de miedo”.

A 44 años del golpe de Estado, el EAAF sigue trabajando para unir las piezas, pero aún quedan varios “agujeros negros”, pues no todas las situaciones “responden a operaciones que tiene lógica”. Tampoco es sencillo relacionar “el nombre clandestino de la persona desaparecida” con la “lista oficial de nombres verdaderos”.

En la tarea de reconstruir historias de vida, “todas diferentes, muy intensas y con distintas perspectivas familiares”, el Equipo comprendió que “con antropología, derecho y medicina no alcanzaba”. Eso lo llevó a sumar otras disciplinas más atípicas en el ámbito forense, como arquitectura, biología y matemática, para “entender asociaciones” y “darle mayor riqueza al análisis”.

MÉRITO DE LA SOCIEDAD

Candidato al Premio Nobel de la Paz 2020, el EAAF no siempre contó con el apoyo que tiene en la actualidad. En los primeros años sólo lo acompañaron algunos organismos, como el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, Familiares de Detenidos- Desaparecidos y Abuelas de Plaza de Mayo.

“Con muy pocas excepciones, ningún antropólogo o arqueólogo se acercó ni nos ofreció colaborar”, recuerda Fondebrider y asevera: “Eso ha sido una constante en toda América latina, donde la academia no se interesaba porque no era un proyecto de investigación, no había fondos o diferentes razones”. “Afortunadamente, hace unos quince años eso ha variado mucho en la Argentina”, agrega.

También el Poder Judicial siguió un camino “parecido” a la academia: “Por muchos años, no se hizo cargo de investigar como corresponde” y eran los familiares quienes “le llevaban la evidencia y la investigación al juez y al fiscal para que hicieran algo con eso”.

Para el antropólogo, hoy “hay algunos jueces y fiscales que investigan mejor”. También “los juicios han abierto muchas perspectivas, pero no ha sido un camino uniforme”. Desde 1984 hasta hoy, hubo “muchas variables y cambios de ánimos según el gobierno de turno”.

En ese sentido, Fondebrider sostiene que el “gran mérito” no es de ningún Estado, fiscal o juez, sino de la “sociedad civil argentina”, principal impulsora de este proceso. Y enfatiza: “Lo que hacemos nosotros, que tiene que ver con encontrar e identificar cuerpos, traer algo de paz y mitigar un poco la angustia de tantas familias, es sólo una parte del gran trabajo que se hace por la memoria”.

EL PROCESO DE ACOMPAÑAR

“De estos 36 años del EAAF, algunos hemos compartido en el camino”, dice Silvia San Martín, coordinadora del Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado y de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

Pantalla mediante, San Martín sostiene que el proceso de identificación enfrenta “realidades complejas”. En muchos casos, los padres han fallecido y buscar “otros familiares no tan cercanos” es un desafió. “En eso nos encontramos. Seguimos buscando familiares para completar el banco de muestras y después cruzarlas en los laboratorios del Equipo con los cuerpos recuperados”, explica la coordinadora de la Iniciativa.

En Argentina, el EAAF logró recuperar más de 1400 cuerpos, de los cuales casi 800 fueron identificados. Cada vez que eso sucede, desde la institución notifican a los familiares. “En general, intentamos hacer un acompañamiento en todo ese proceso”, cuenta San Martín y asevera: “Además de otorgarle la identidad a esos restos, se convierte en algo reparador para el familiar”.

APARECER A MI DESAPARECIDA

“En diciembre de 2005 me llama Maco para contarme que habían podido identificar los restos de mi mamá, Alcira Campiglia. Ahí empezó todo el recorrido de restituir los restos de mi mamá, que eran mucho más que sus nudos huesitos.  En esa restitución mi mamá recuperaba todas sus dimensiones humanas que el terrorismo de Estado había intentado arrebatar para siempre”. Sentada junto a una ventana, Pilar Campiglia lee el escrito que preparó para el encuentro.

“En ese devolverle sus distintas dimensiones: hija, madre, compañera, amiga, militante, todo lo que se pudo, aparecieron sus límites, sus bordes, que la dibujaban, como a todos, incompleta, imperfecta. Eso era para mí aparecer a mi desaparecida: saber quién era y a quién perdí ahora irremediablemente ante la contundencia de la sentencia de muerte”.

Desde esa habitación de paredes blancas, Campiglia continúa: “La aparición de sus restos dio lugar a mí mamá, más acotada, más externa a mí. Todo esto pude armar de los relatos de quienes la quisieron, de quienes estuvieron siempre y de quienes se acercaron a contarme a partir de la recuperación de sus restos. Ese fue para mí el sentido de encontrar sus restos: el hallazgo de su mundo, de sus compañeros de militancia y estudio, sus vínculos amorosos, que pudieran contarme quién era ella y también quién era yo para ella”.

Sobre el final del texto, Campiglia, quien también es miembro de Iniciativa Latinoamericana, sostiene que la recuperación e identificación de los restos de los desaparecidos es un “acto de justicia y dignidad para las víctimas, su familia y la sociedad”.

CASOS ACTUALES

Con trabajos en 55 países, oficinas en el exterior y más de 70 miembros, el Equipo Argentino de Antropología Forense se consolidó como un referente a nivel mundial. A medida que las investigaciones sobre los 70 comenzaron a agotarse, los expertos se volcaron a desapariciones actuales. Es decir, casos que no tienen que ver con una cuestión política, sino con violencia institucional, trata de personas o feminicidio.

Los números de Argentina no son los de Centroamérica o México, pero la situación “es preocupante”. Con el tono pausado que lo caracteriza, el director de la institución afirma que “el Estado no tiene un buen sistema de identificación de personas” y subraya: “Las huellas dactilares no son suficientes”.

Fondebrider es gráfico: “Si hoy desaparece una persona en Tucumán y aparece un cadáver en Neuquén, no hay forma de relacionarlos a través de una base de datos e intercambio de información”.

En los “últimos tres gobiernos”, el EAAF intentó aportar a la fijación de una “política básica”. En otras palabras: crear “bases de datos unificadas”, fomentar el diálogo entre los ministerios de Seguridad, Justicia y Público Fiscal, y desarrollar capacitaciones y protocolos comunes para todos los actores involucrados en la búsqueda de personas e identificación de cadáveres sin identidad.

Pasada la pandemia, esperan que el Gobierno los escuche. “No es una cuestión de dinero, sino de decisión política de coordinar esfuerzo para que las cosas funcionen mejor.”

Con 24 provincias autónomas, tres niveles estatales -municipal, provincial y nacional- y ministerios que no siempre están coordinados, “Argentina es un país muy complejo para tener procedimientos uniformes”. Esta realidad también aplica a la gestión y el manejo de cadáveres de personas fallecidas por coronavirus.

La proliferación de protocolos es un problema mundial al que nuestro país, que ya va por el número doce, no es ajeno. Ante la diversidad de documentos y la “historia compleja de Argentina en el manejo de cuerpos”, la institución lanzó una biblioteca con más de 60 guías en diferentes idiomas para ayudar a ordenar y abrir “un espacio de reflexión”.

“Si bien el número de muertos sigue siendo bajo”, en comparación con otros países donde los fallecidos se cuentan de miles, “el secreto de esto es estar preparado y no esperar que las cosas sucedan para un buen manejo de cuerpos”.

“Estos 36 años han dejado muchas cosas. Cada área tiene protagonistas, gente que hizo cosas importantes y gente que no las hizo y las debió haber hecho”, dice Fondebrider. Luego, concluye: “Tener memoria como sociedad nos va a ayudar a saber quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Es lo que tratamos hacer desde la ciencia”.

Publicado en ANRed. 26-05-2020.